Hay lugar para todos en mi corazón

zapatitos

El tiempo pasa rápido y ya, nuestro Gabi, nuestro tercer hijo, lleva 20 semanitas con nosotros, creciendo dulce y valientemente en mi pancita. Digo valiente porque creo que todos los niños lo son, y de un modo especial lo son los niños que vienen después de un hermanito que falleció.

Las primeras semanas con Gabi han sido un regalo y una bendición, pero ha sido también un tiempo intenso en el que no ha faltado el miedo, el recuerdo y la nostalgia. He vivido una fuerte ambivalencia entre el nuevo milagro de la vida que se producía ante nosotros y al que no podíamos más que estar agradecidos y entre una añoranza más profunda, si cabe, por la ausencia de nuestro segundo hijito, Daniel.

¿Cómo caben en el corazón a la vez emociones y sentimiento tan contrapuestos? Han sido días de revolución emocional en el que se hacía difícil colocar en su lugar cada cosa. Poco a poco fui encajando las piezas del nuevo puzzle familiar para contemplar con una mirada agradecida que mi nuevo hijo no me separaba en lo más mínimo de Daniel. Me podía permitir ser plenamente feliz con Gabi y a la vez ser plenamente fiel a la memoria de mi hijo Daniel. Mi lealtad hacia Daniel es eterna e inquebrantable. Comprendí agradecida que había lugar para todos en mi corazón. Cada uno de mis hijos tenía su lugar y su misión única, sagrada y específica.

Y esto que yo he tardado en comprender, parece que mi primogénito lo tenía claro desde el principio. El otro día leía una hermosa reflexión de Alejandro Jodorowsky que hablaba de esto: “¿Cómo educar a un niño sano? Dejando que el niño sano te eduque a ti.

Y así es, mi hijo Pablo me lleva la delantera en muchos temas, y tiene claro que hay lugar para todos. El otro día leímos un cuento hermoso, que terminaba diciendo: “su nombre es …” para que cada adulto pusiera el nombre de su hijo.

Yo terminé diciendo: “su nombre es Pablo”. El se quedó muy emocionado y me dijo: “Mamá, ¿de verdad que pone eso?”. Le expliqué que ponía punto suspensivos para que cada mamá dijera el nombre de su hijo. El me miró con una sonrisa iluminada y me dijo: “Mamá, coge mi boli y escribe ahí: Pablo, Daniel y Gabi” Nos miramos con una cara de complicidad y de amor en la que no hacían falta más palabras, porque había lugar para todos en nuestro corazón.

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